Por tierras de Navarra: Estella

Iglesia del Santo Sepulcro, Estella, Navarra.
Iglesia del Santo Sepulcro.

Abandono San Pedro de la Rúa, me sitúo de nuevo en la plaza de San Martín y continúo por la rúa de Curtidores. Dejo atrás el albergue y poco después me hallo ante un museo al aire libre, la iglesia del Santo Sepulcro, a caballo entre el románico y el gótico, con los doce apóstoles en el área superior y la cena, pasión, muerte y resurrección de Jesús en el tímpano.

Desando parte de lo caminado y cruzo el llamado puente de la Cárcel, construido hace cuarenta años en el lugar que ocupaba el primitivo medieval, y me dirijo a la iglesia de San Miguel.

Heme aquí, en un curioso templo románico, inmenso, altísimo, espléndidamente cuidado; y escribo curioso por dos razones: la primera, porque sus tres naves se transforman en cinco ábsides en la cabecera, el primer caso con que me cruzo; y la segunda, porque su portada abocinada es otro fabuloso museo al aire libre, con un excelso pantocrátor (1) en el tímpano, seis turiferarios en la arquivolta exterior, dos crismones (2) y una serie variada de figuras, alguna irreverente, como sucede a menudo en el románico cuando es observada con los ojos de este tiempo, porque escenas lujuriosas, vergonzosas o pecaminosas hoy a nuestros ojos, impropias de lugar sagrado para nuestra mentalidad por blasfemas, no tenían esta consideración hace siglos.

Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel, Estella, Navarra
Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel. / Manuel Rios
Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel, Estella, Navarra
Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel. / Manuel Rios
Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel, Estella, Navarra
Aspectos de la portada de la iglesia de San Miguel. / Manuel Rios

Estella es ciudad medieval. Recorro la almendra histórica, de calles estrechas, cuidadas, limpias, incluso con cenefas de mármol en el suelo y, al menos aparentemente, con mucho movimiento, con mucha vida.

Me detengo y recorro igualmente la plaza de los Fueros, su plaza Mayor, y cruzo el puente del Azucarero, de curioso nombre, y desde el que me deleito escuchando el constante y monótono discurrir del caudal del río Ega.

Casco antiguo de Estella, Navarrar
Estella histórica. / Manuel Rios

Como constatan los monumentos a que acabo de referirme, Estella fue y es ciudad importantísima en el Camino.

Desde su fundación atrajo a francos y judíos y creció y se llenó de comercios y hospederías, en buena medida gracias al fuero de que la dotó su fundador. Y es que, en la Reconquista, a fin de consolidar las tierras ganadas al infiel, inseguras sobremanera, los reyes cristianos concedían privilegios a los extranjeros que se establecían en ellas y en otras, y estos privilegios y demás normas constituían el fuero.

Los extranjeros eran llamados francos tradicionalmente aun cuando no fuesen franceses, y de sus privilegios destaco la facultad de comprar y vender inmuebles, montar mercados en los que ellos fuesen los únicos comerciantes, y otros monopolios, como el vender en exclusiva a los peregrinos en algunos lugares; estar exentos del servicio militar en otros; en algunos otros presentaban una terna al obispo para que él eligiese alcalde o determinaban anualmente por insaculación el gobierno de la población…; eran carniceros, curtidores, peleteros, cuchilleros… y, sobre todo, hombres libres.

Resulta curioso detenerse en prescripciones específicas del de Estella: penalizaba a los vecinos que no acudieran en auxilio del rey cuando él se lo demandase; las riñas entre estelleses podían llevarles a perder una mano; en cambio, no sufrirían penalización por matar al varón sorprendido en coyunda con su mujer. Recojo, finalmente, que en el primer tercio del XIV se ajustició en Estella a un inglés que «daba hierbas a beber a los peregrinos del camino y ellos se dormían y así él les robaba».

Nuestra Señora de Rocamador, Estella
Nuestra Señora de Rocamador. / Manuel Rios

Los viejos peregrinos abandonaban la ciudad a través del arco o portal de San Nicolás, hoy céntrico, y, a tiro de onda de él, se detenían a honrar a Nuestra Señora de Rocamador en una amplia ermita a ella consagrada y conocida en la literatura ad hoc como santuario, y en verdad que lo es si me atengo a la definición que del término ofrece la Real Academia Española: «Templo en que se venera la imagen o reliquia de un santo de especial devoción», porque esta advocación de María goza del cariño de los estelleses, según pude comprobar, y del de los viejos peregrinos según consta en las crónicas antiguas.

Cuando alcanzo la casa de Nuestra Señora, su puerta se encuentra cerrada. En su acera, un caballero que yo creo identificar como religioso de la institución inmediata, responsable del conjunto, tal vez jubilado.

—Me parece que no llegué a tiempo.

—Yo le abro.

Y no solo abre el santuario para mí, sino que enciende la iluminación de que dispone el templo, que realza el ábside, románico y espléndidamente conservado. Hablamos del Camino, de sus peripecias, de su historia grande y chica, de sus altibajos, del devenir de esta casa, de un vecino que fotografió los canecillos del ábside y colgó en Internet un completo ensayo en torno a la iglesia… y del milagro que se atribuye a Nuestra Señora: se cuenta que la Virgen de Rocamador pasó al Niño de un brazo al otro para probar la inocencia de un joven que se le encomendó. ¡Y tampoco es negra, para llevar la contraria a alguna de la documentación que manejé!

Notas

(1) Representación de Dios Todopoderoso sentado, bendiciendo, y encuadrado en una curva cerrada en forma de almendra, llamada mandorla.

(2) Anagrama de Cristo. Con variantes, está formado por una X y una P (o una I) entrelazadas, inscritas en una circunferencia, cruzadas por un diámetro horizontal e ilustradas por las letras alfa y omega, el principio y el fin, que cuelgan de las aspas de la X; también suelen aparecer la S, la T y la O y una margarita de varios pétalos.

Leído en Periodista Digital

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Publicado por

Albergues del Camino

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